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8 dic 2009

Abel

Por Ricardo Gutman

I
El camino está inscripto en la memoria, tatuado, y el sólo hecho de saber que está lleno de escarcha hace acurrucar a Abel en la cama, deseoso de ser un microbio o algo que no necesite ropa para andar por la calle o que no necesite vestirse para enfrentar el invierno que cada vez viene peor.
Dos frazadas de dos plazas, la protección justa que otorga calor y no corta la circulación de la sangre, uno puede estar si quiere días enteros metido en la cama arropado con dos frazadas de dos plazas, tapado hasta las orejas, sellando los huecos por los que se cuela el invierno, amoldándose a los pliegues, aprovechando las depresiones del colchón, entregándose a la pereza. Si uno tiene suerte y se enferma, la madre puede abrirle el postigo durante el día para que el sol se refracte en el vidrio de la ventana y penetre en la pieza, envolviendo el ambiente y pegándose en las paredes. Pero no se puede, tiene que ir a la escuela, porque sí, porque tiene que ir. El desayuno todavía está por hacerse, breve consuelo de leche y café bien rápido porque la pereza atrasa siempre todo. Todavía le falta vestirse, enfrentar el agua congelada de las siete de la mañana que se vierte desde la canilla, despertarse, “Pero uno siempre se despierta”, se dice Abel, “tarde o temprano uno siempre tiene que despertarse”.
El vapor del café refresca la cara helada de Abel y humedece su nariz. A través del copo de vapor Abel piensa en el trayecto, en el frío trayecto camino al colegio. No es que sea mucho, no son más que ocho cuadras de viento gélido que se estaciona en el patio de la escuela, esperando que la bandera se ize al ritmo de una aurora que tirita y cumplir con las obligaciones patrias de soportar estoicamente el frío por respeto a la enseña, tan celeste y blanca como el invierno que se pega al denim de los pantalones y así, contentos, ser empujados a las aulas huérfanas de estufas.
Camino al colegio, Abel ya dejó atrás el lavatorio, la fría tortura de lavarse la cara a las siete de la mañana, el vestirse apurado, salir con el desayuno a flor de glotis. En la calle se dibuja la fila de municipales encogidos que caminan directo al taller luego de haber marcado tarjeta en la Municipalidad. Sin mayor preocupación los obreros saludan al pibe que displicentemente devuelve la atención mientras vuelven a la conversación. Abel no conoce a ninguno y nunca estuvo al tanto del contenido de las conversaciones pero aquí es obligación devolver el saludo. Lo sabe desde que iba a la primaria.
Como la mayoría de los chicos de su edad, Abel tiene la costumbre de fumarse un cigarrillo camino a la escuela, primer cigarrillo del día, después de comprarlos en el quiosco que está a dos cuadras de su casa. Como todos los días, Abel saluda al kiosquero que ya se acostumbró a su pedido diario de Lucky diez pero esta vez le agrega la compra de un encendedor, calcula si el dinero que tiene le alcanzará para comprarse todo, el paquete de cigarrillos y el encendedor tipo garrafa que garantiza más encendidas que ningún otro. Con la plata justa paga al kiosquero, saluda y sigue su camino rumbo al colegio. De memoria.