11 nov 2009

Agonía de un rey

Por Ricardo Gutman

No puedo dormir con esas lágrimas goteando encima de mí”
No más lágrimas. Héroes del silencio
I
Nadie sabe bien cuantos años tenían. Cuando mi padre compró el terreno de mi casa ya eran los vecinos más importantes de la manzana. La Coca calcula con lágrimas que el más grande debe tener unos ciento cuarenta años. Por lo menos. El otro unos cincuenta. Todavía habla en presente la Coca. Ya estaban allí cuando se instaló en la ochava y por lo que ella dice la abuela de la tía Haydeé había traído al primero. Toda una historia. Estamos hablando de mucho tiempo.

Siempre fue admirable verlos. Su realeza se divisaba desde lejos. No se podía no mirarlos. Cuando uno avanzaba por la Hipólito Irigoyen camino a la Trabajadores se alzaban imponentes las copas de los lapachos, padre e hijo juntos, vigilantes e indiferentes. Cuando la primavera llegaba lo hacía siempre primero en sus hojas y cuando se iba el verano la vereda se pintaba de rosa. Siempre hubo otros árboles en la cuadra, en el barrio mismo. Pero no existirán otros como los lapachos de la Coca. El más viejo parecía querer resistirse al olvido. Dicen que el que avisa no traiciona.         

De los dos, precisamente el más viejo fue el que más quise siempre, quizás por la cercanía, porque siempre me dio sombra o porque fue el que adornó mi patio de flores caídas, el que me arruinaba el agua de la pileta o por ser el responsable de algunos de mis miedos. Nuestro primer encuentro, del primero que tengo recuerdos, fue poco prometedor. No porque fuese su culpa, sino porque como testigo involuntario del hecho poco pudo hacer, no porque fuese su intención, sino porque era, digámoslo así, su naturaleza misma.

Habrá que esperar un tiempo pero hay cosas que no volverán, ni las alfombras rosadas en el césped ni los pasos crujientes delatores, ni los caminos de cemento bordeados de lágrimas de verano. El retoño que crece en el centro del patio es todavía muy joven para saberlo. Es otro árbol más a la lista que de larga ya preocupa, no es el primero pero espero que sea el último. Era mejor cuando era pibe.

Como muchas cosas que nunca hice, escalarlo quedará como una cuenta pendiente. En lo que a mí respecta estuvo ahí toda la vida, así que es todavía peor. Hoy me di cuenta que extrañaría cosas simples que todavía no dejaron de ser, que todavía están pero que ya no. No me puedo acostumbrar a estas cosas por más que pase el tiempo. Siempre fue inmenso, poderoso, imponente, invasor, tímido, eterno. Digo siempre porque desde que lo conozco siempre fue así, salvo en los últimos tiempos, en los que la Coca tuvo que vender el patio. Quizás también se volvió profético por esa seguridad que dan los años. Seguro que fue pequeño, apenas un brote, pero yo no lo conocí así. Para mí fue siempre el que és, por más que se haya esforzado en pasar desapercibido por mero instinto de conservación.

Recuerdo el encuentro con una amarga cicatriz en la barbilla, una marca que no se irá jamás. Estábamos mi hermano, el Ale, el Martín y yo en el patio de la Coca, jugando a algo cuyo objetivo era saltar la mesa de material adornada de retazos de mosaicos. Los chicos saltaban, de lado a lado, tratando de llegar lo más lejos posible, tanto en distancia como en altura. Llegó mi turno y encaré con la vehemencia propia de mis cinco años y haciendo temprana gala de mi torpeza habitual me rompí la crisma contra el borde de la mesa, cortándome el mentón de lado a lado, cuando resbalé en el asiento que oficiaba de trampolín. El miraba, desde arriba, mientras yo dejaba mi sangre en sus raíces y mis lágrimas en el pasto. Eso fue hace más de veinte años. Hace poco me devolvió la atención.

II
La mañana de ese sábado había empezado al revés. El ruido de la motosierra me despertó temprano, justo cuando había decidido no salir el viernes y dormir hasta tarde el sábado para recomponer el sueño atrasado. Me desperté mal, fui hasta el patio, vi al tipo colgado del árbol y maldije la mala noticia. Intenté tirarme un rato en la cama pero no pude pegar un ojo el resto de la mañana. La imagen sin rostro del hombre que se empeñaba en matar los lapachos me asaltaba una y otra vez, sin descanso. Pensé en las opciones y posibilidades que llevaron a la Coca a vender el patio y entregar los árboles de esa manera, aún a sabiendas de que no existe nadie como ella que ame tanto a esas plantas. A duras penas logré comprenderla, sobre todo porque entendí que si no es fácil para mí aceptar la ida de los lapachos, menos lo será para ella. Desayuné unos mates, bastante tarde, y me puse a leer con el motor de la motosierra de fondo. Mentalmente empecé a hacer una lista de todos los árboles que me fueron talando desde pibe. Siempre hay uno suelto dispuesto a talarte los árboles.  

Seguramente lo habrá hecho alguna que otra vez, como todos llegado el caso, pero en esas ocasiones estoy seguro que no nos dábamos cuenta porque no habíamos mandado a hacer el contrapiso de material y los fluidos se habrán mezclado con la gramínea. Si para algo sirvió el contrapiso me alegro que haya sido para esto. Para al menos darnos cuenta. La primera en percatarse fue mi madre, de manera accidental, en una de sus habituales excursiones al patio. El contrapiso estaba manchado de pequeños círculos negros, justo en el espacio de sombra que el lapacho ocupaba en el patio, en las inmediaciones del asador, sobrando el tapial que nos separaba. Quizás si no hubiera vestido la musculosa no me hubiese sido posible entender que pasaba. Mientras intentaba dilucidar el origen de las manchas dos gotas cayeron sobre mi hombro, formando una línea negra, espesa, sobre el comienzo mi brazo derecho. Miré para arriba y entendí que el árbol lloraba. Se lo dije a mi vieja que entró a la cocina sin decir nada y yo me quedé en el patio mirando crecer las manchas en el cemento.

Era el principio del fin. Ya nada sería igual. El árbol entendía que estaba pasando. Todavía no era su turno pero la motosierra había podado de manera grosera su acompañante, ese que creció a su lado, retoño suyo, durante toda la mañana. Pronto le tocaría a él. Empecé a imaginar cómo serían las cosas una vez que ya no esté, cómo cambiaría la perspectiva de la rutina, de las cosas establecidas como normales. ¿Cómo sería entrar a mi casa y no ver la copa de los lapachos apenas abierta la puerta del pasillo? ¿Otra pared más? ¿Los tanques de agua reinarán en los aires? Desolado paisaje de antenas y de cables ¿Qué será de los gatos y los pájaros? Entonces comencé a extrañar mientras las lágrimas del lapacho caían sobre mí.

Sin poder evitarlo, las preguntas aparecían mientras avanzaba la siesta. Ya las tormentas no serán lo mismo ¿Quién arañará ese cielo nocturno naranja cargado de humedad? ¿Cambiará la voz del viento? ¿Cómo sabré cuando termina la época de heladas? ¿Quién se encargará de ponerle límites al sol? El árbol lloraba y yo debajo de él intentaba entender porque pasan estas cosas, bañado en una savia negra que cubría lentamente mis brazos. De vez en cuando se oía el ruido seco de una rama quebrándose cayendo al suelo o al techo de mi dormitorio. Los gatos del barrio improvisaron una platea en el techo del asador y miraban atónitos como el árbol contiguo menguaba con el correr de la tarde. No sé cuantas horas pasé bajo esa copa, mirando llorar al árbol que se despedía mientras la motosierra comía a su hijo. ¿Qué otra cosa puede hacer esa máquina? Para eso le pagan. Pero los gatos no entendían y maullaban bastante parecido a un lamento.

III
Hoy ya no es nada, simplemente un montón de ramas amontonadas que se van secando. Basura que en el mejor de los casos se llevarán los municipales. Al volver de San Francisco me di cuenta que ya no estaba más. Hoy que ya no está no se puede ni caminar por la vereda de tanto sol que pega en los ojos, el patio es un baldío, el cielo ya no tiene nadie que lo arañe y quien sabe que crecerá en ese lugar. Si es una casa podría llegar a tomarlo como una transformación o algo por el estilo, si eso degenera en algún local comercial me preguntaré para qué. De lo único que puedo estar seguro es que cuando las paredes crezcan yo recordaré que ese lugar en otro tiempo fue otra cosa. Y de un concierto de gatos a las tres de la tarde.