26 oct 2009

El viaje


Por Ricardo Gutman. Foto: Aldo Ojeda

Duro. Duro porque hay maneras y maneras de morir. Muertes propias, muertes lentas, sorpresivas, inesperadas, compartidas; muertes colectivas. Homicidios a gran escala. Quizás alguien todavía crea que morirse es dejar de respirar, encerrado en un cajón, mientras los demás lloran por un rato. No es necesario morirse para estar muerto. A veces te matan antes que te des cuenta. Asesinatos en masa. Genocidio. Quien sabe cuántos habrán pasado por esa situación no sólo en San Cristóbal, sino en el país. Cuántos han salido adelante y cuantos otros se han quedado en el camino. Y cuantos no sobrevivieron.


No sé cuántos San Cristóbal existieron, yo viví siempre en la misma ciudad. Yo era lo suficientemente chico, nací en 1981, pero los 90 quedaron en mi cabeza como un continuo día nublado. La San Cristóbal que conocí era una ciudad triste, poblada de quioscos y remises y con cada vez menos gente. Yo crecí en una ciudad que añoraba tiempos pasados, épocas donde indefectiblemente todo es mejor: Mercedes Sosa tenía razón: éramos tan felices y no nos dábamos cuenta.

Siempre me costó creerlo. Nunca conocí otra ciudad, esa de que hablaban mis abuelos, venidos desde otros lugares a forjar un futuro acá. Acá había trabajo. Había futuro. San Cristóbal y futuro, dos palabras que un momento se conjugaron, si bien los 90 pasaron sus efectos todavía persisten, ese lastre histórico que arrastramos del que no podemos liberarnos, esa piedra que todavía no podemos mover.

Supuestamente esto tendría que ser una crítica o un comentario, pero simplemente no puedo. No puedo porque no es posible hablar de la mierda con sutilezas, con neologismos, con frases hechas. Tengo en la garganta una lista interminable de insultos atragantados desde el sábado a la noche que no transcribiré en estas líneas, aunque no puedo asegurar que no se me escape alguno. Sé que puedo hacer algo mejor que putear, pero no garantizo nada.

Entre este párrafo y el anterior hay cuarenta y cinco minutos de diferencia. No pude resistir: blasfemo a todos los desgraciados que hicieron lo que nos hicieron, insultos a todos los que planificaron esto y a todos sus socios, los de allá y los de acá, los que estuvieron y los que siguen estando, desde el fondo más profundo de mi corazón les deseo la condena más execrable que cualquier humano puede tener, la que ustedes imaginen, la primera que se les venga a la cabeza. Memoria infinita para todos ustedes, vendepatrias, asesinos, lo que hicieron no caerá en el olvido; estén seguros que la van a pagar. De ida o de vuelta. En esta o en la otra vida. Pero la van a pagar.    

La propuesta del sábado a la noche no fue lo esperado. Nadie lo esperaba. No después de Julito, ese maravilloso cuento llevado a las tablas por el grupo de teatro independiente El Riel, hace ya casi dos años, con merecido éxito. Sospecho que la ciudad no esperaba que se le diga algo, más bien que se la entretenga. La opción podría haber sido claramente tomada y nadie hubiera dicho nada, es más, hasta se hubiera tomado como un elemento de desarrollo y afianzamiento del grupo pero Jorge Abba no sucumbió a la tentación; en su primer guión teatral confeccionó una historia fuerte, muy dura, como un vagón de frente.

El viaje narra la historia de la familia Bondacaro centrada en la figura de Tito, un ferroviario al que echaron del ferrocarril y desde entonces es presa de una profunda depresión. Una familia obligada a hacer lo imposible para sobrevivir en tiempos de crisis, una esposa sostén de familia gracias al tarot más preocupada por lo que pasa afuera de su casa que en contener a su entorno, una abuela con Alzheimer, un hijo adolescente alcohólico y una mucama con radar y GPS instalado para los chismes que dan de comer a la familia.

“La presente es ficción, cualquier parecido con la realidad, personas, lugares y/o nombres es mera casualidad” reza la aclaración y es necesario que así sea ya que esta historia, tan real, tan nuestra, puede ser la de cualquiera. La incertidumbre de haber sido y no saber qué se es, las culpas, las obsesiones, los problemas cotidianos, la impotencia de no poder salir, las pocas posibilidades de respuesta de un yo altamente violentado que crea sujetos desubjetivados, la confusión, la desesperación, los ensayos de soluciones, la negación, el traslado de la culpa, todo se muestra en cuatro actos de esta comedia dramática.

Una producción local en su totalidad que cuenta con el apoyo de un público que se fue de la sala mojando pañuelos, con lleno total en las dos funciones, tanto la del sábado como la del domingo. No seré yo el que señale los puntos flacos de la obra, sé que los integrantes de El Riel son lo suficientemente obsesivos y puntillosos como para detectar y reparar las fisuras del conjunto; en todo caso si tengo algo que decir se lo diré a ellos. En todo caso, las limitaciones no provienen del grupo, sí del lugar. San Cristóbal cuenta con un lugar para este tipo de presentaciones. No se olviden de la Casa de Cultura.