30 ago 2010

La juventud está perdida


Ricardo Gutman

Hacía mucho que no salía. No soy de los boliches, soy de los bares. En los boliches hay mucha gente junta, prefiero Pekos, donde me dejan programar la música, o Picasso cuando el negro se pone las pilas y pasa esas selecciones de los 80 y los  90. Sí, me quedé en el tiempo, del 2000 a esta parte no conozco mucho, del 2000 para atrás tampoco. Es que hay tanto y tan bueno que todavía no llegué, musicalmente hablando, hasta esos tiempos. Podrán decir lo que quieran, que el 80 fue una década peleada con la estética y que los 90 fueron medio down, para abajo, entre tanto grunge y neoliberalismo y desocupación y la comadreja. Pero los que ya estamos pisando los treinta años y algunos que ya los pasaron por poco tenemos algo en común si hablamos de música: nosotros tuvimos educación musical, tuvimos la suerte de escuchar buenas bandas, una época plagada de buenas bandas y de músicos legendarios. Y eso es mucho. También estaba Jazzy Mel, pero bueno, son cosas que pasan.

Recuerdo una anécdota particular: como fue costumbre en mucho tiempo, yo trabajaba de noche en el kiosco 25, ese que estaba abajo de la pasarela, que funcionaba veinticuatro horas. Mi turno era el más feo de todos salvo por los sábados hasta las dos de la mañana en que las chicas pasaban a comprar puchos y chicles de paso al boliche. Todos los días de 22 a 6, salía del instituto y me iba para el laburo. Fue una buena época, llevaba la carrera al día y cuando terminaba las cosas que tenía que hacer escuchaba al Negro Dolina que todavía estaba en Continental, costumbre que me quedó de Santa Fe gracias al Chino y a Hernán Boggino, amantes del metal y fanáticos de Metallica. De Santa Fe también me traje Héroes. Pero el Negro se terminaba y había que esperar hasta el otro día para volver a escucharlo, eso si se tenía suerte y los vientos me dejaban captar la señal de la radio, bastante débil por esta zona.
Trabajar de noche te cambia todo y te tenés que acostumbrar, en el caso del kiosco, a trabajar solo; entonces, por obligación si se quiere, hay que llenar el tiempo. Una vez que Dolina se iba quedaba un horrible espacio vacío que había que llenar. Estaban los libros, que siempre acudieron en mi ayuda, y después un programa de AM Ciudad de Buenos Aires de un tipo que leía libros durante la madrugada. Una semana leyendo un libro por radio, si eso no es resistencia no sé que es. Porque hay que hacerlo, no cualquiera se anima.
Después de las 12 la noche se hace más lenta, por más que estén los libros al lado las horas, que dicen tener sesenta minutos al igual que las otras, duran el doble por lo menos. Las tres de la mañana es la peor de las horas, la mitad de la madrugada, allí las horas no corren nunca. Mientras tanto hay que llenar la madrugada.
Como después de las 2 de la mañana no iba nadie al kiosco varias veces ponía la FM del Pablo, la Full, que pasaba una excelente selección de rock and roll y me ponía a cantar con mi voz de ganso a más no poder, no sé si para despertarme o para darme el gusto. Una noche como esas yo me encontraba cantando en un inglés más patético que el de Roberto Kennedy Dulce niña mía, de los Guns (parece que no pero es necesario aclarar), absorto en tratar de imitar el tono de Axel y tratando de emular en el aire sin el más mínimo atisbo de acierto el punteo de Slash, de espaldas a la ventanilla. En unos de esos movimientos ondulatorios que hacía al ritmo de la guitarra descubro a un pibe que miraba desde afuera, medio confundido y medio tentado de ver a semejante estúpido ofreciendo ese espectáculo a las tres de la mañana. En medio de mi bochorno pedí disculpas y pregunté que quería. El vago quería puchos. Me cargó un poco por mi espectáculo y me sorprendió cuando me preguntó qué estaba escuchando. Yo creí que me seguía cargando pero el tipo no sabía que estaba escuchando. Me llamó la atención porque tenía una remera de La 25. No conocía a los Guns. No podes no conocer a los Guns, pueden no gustarte si querés, te lo respeto, pero de ahí a no conocerlos o ni siquiera saber que canción es Dulce niña mía…. Pocas veces en mi vida me enervé tanto. Empecé a nombrar bandas para saber si el vago las conocía y nada, es decir, estuve hablando una media hora de bandas que me gustaban, yo que no sé nada, que no puedo pasar de decir que me gustan, con floja argumentación si se quiere, recomendando trabajos, canciones y videos. El pibe me escuchó. Después no supe que fue de él, si me hizo caso o si siguió poniéndose remeras de rock. La noche se acortó un rato, pero todavía me quedaban dos horas. La juventud está perdida, señores, está perdida.
Pero volviendo al tema, el sábado salí. La noche empezó temprano, en Pekos, donde uno puede encontrarse con gente especializada en música. Hay expertos en todo, solo es cuestión de preguntar. Desde el dueño que es una autoridad en Miguel Mateos pasando por Germán y su conocimiento de Sumo y Las Pelotas, Cóndor y su sapiencia en Sabina, el Chino Avila, enfermo de Soda, cuando va con el Puchi, experto en Cacho Castaña, Dyango y Cali, el Viru y la música electrónica, todo eso sin contarlo al gordo Mariano, que hace mucho que no lo veo. Diversidad garantizada. Después fuimos a la casa del Puchi a comer un asado, una pequeña previa y salimos con Martín para Picasso. Afuera nos recibieron el Tito y Joselo, nos dijeron que los esperásemos, que Joselo le iba a mostrar la casa al Tito que no la había conocido porque había estado en Salta el último tiempo. Nos sentamos en la barra. De pasada la vi, de reojo, y me pareció muy parecida.
Nos acomodamos en la barra, el Rolo nos trajo una cerveza, yo serví los vasos y para mal mío me senté de frente a la barra, dándole la espalda a todo el bar. La piba estaba sentada en una mesa con otra chica, tomando unos tragos. Yo no dejaba de girar la cabeza y creo que ella se dio cuenta. Era muy parecida, que querés que te diga. No sé quien era pero si me hubieran puesto un chumbo en la cabeza hubiera asegurado que era ella. Pero no era, de eso estoy seguro.
Era igual a ella. No importa si era ella pero le tendría que haber dicho gracias, agradecerle haberme hecho recordar todo aquello que había olvidado. Fue un rato no más, lo que duró sentada en esa mesa mientras yo giraba la cabeza para volver a mirarla y los lentos minutos posteriores a los que se fue, los vasos sucios sin terminar, los cigarrillos en el cenicero. Por unos momentos estuve unos quince años atrás y empecé a recordar, a recordarme. De Kurt, de nuestros pantalones rotos, del gusto por las camisas leñadoras que hasta el día de hoy conservo, de las tardes eternas en la casa de Gonzalo escuchando La Renga, de Fabio y del Chapi con los Red Hot, del Kuta y los Les Luthiers en ese TDK negro que ya es leyenda, del Chano y del Che y de ese poster de Charly que le conseguí en Santa Fe en medio de una pegatina, de los viajes a La Verde, del laguito, de Miriam, de Jorge y del kiosco, de las siestas, de ese amor platónico de toda la secundaria, de las primeras pequeñas traiciones, de Los Tero Di Carlo, de las miles de estupideces que nunca me arrepentiré, de mi constante afirmación de que sería abogado y de cómo eso me marcó para el resto del viaje, de mi extraña capacidad para tomar las decisiones equivocadas, de Gogol y todos mis miedos, de esa eterna pregunta sin responder de porqué siempre que piden en la radio  un tema de Nirvana te pasan El hombre que vendió el mundo habiendo tantas otras canciones hermosas del trío de Seattle. Era tan parecida.
Todo se me cruzó y entre medio de eso me vino esa noche de tertulia, noche de estrellas, de ella ahí y yo bajando las escaleras, del mástil que hoy no está, de mi primer beso, torpe e inexperto pero beso al fin, de mi incrédula certeza de no creer si lo que me estaba pasando era verdad, de la mínima confirmación de que alguien podía querer besarme. Era tan linda. Pucha che, era hermosa. Y después me dejó, lo bien que hizo, porque yo siempre fui un boludo. Y comprendí que desde ese tiempo hasta esta parte los errores siempre fueron míos. Hay cosas que no cambian por más que pasen los años.
Se nos hizo tarde con Martín, decididamente no llegaríamos al boliche. Cruzamos la avenida con la versión unplugged de La ciudad de la furia. Apenas unos minutos pero algo es algo. Hacía frío. Lo saludé corto, sin más protocolo y me metí en la cama lo más rápido que pude. Quien sabe por qué me vino a la cabeza los primeros versos de Where did you sleep last night y no la pude imaginar sin el timbre de Kurt. Me pregunté dónde dormiría mi chica esa noche. Siempre que escucho esa canción me largo a llorar. No sé por qué. Pero lo hago. Estoy hecho un viejo choto.