7 dic 2010

Rogelio Roldán


Ricardo Gutman
Obsérvese con detenimiento. Fíjese. Cuando algo salta fuera de los bordes los mismos de siempre son los que se exasperan. Es un mecanismo recurrente, peligrosamente repetitivo. Resulta que el otro día, no me acuerdo cual, trabajadores tercerizados de IBM realizaron un corte de ruta en el ramal de provincia de la Panamericana bloqueando la colectora, lo que ocasionó caos vehicular por 40 minutos.  Repito: empleados tercerizados de IBM cortaron la Panamericana. Digo, para los que dicen que los piquetes son cosa de negros. Seguimos. Me entero de la noticia mirando el noticiero de América -grave lo mío- que presenta la nota más que como un reclamo gremial como caos en el tránsito. Hasta aquí nada del otro mundo. El noticiero de América da asco, ya lo sabemos todos.

La nota en sí no fue otra cosa que la monopolización de insultos y agravios por parte de una automovilista que representa a “la gente que trabaja” hacia los trabajadores tercerizados de una de las multinacionales más grande del mundo. Siempre lo mismo, como todos los días. Lo que el noticiero no pasó es la acusación de los trabajadores de que esta mujer los quiso pasar por arriba con su auto. Ni siquiera imagen le dieron mientras la señora seguía con su rosario de insultos y se excusaba.
Esto no me asusta. Ya no me asusta. A lo sumo me enerva, me enciende, me prende fuego. Porque ese es el costado más violento de un discurso políticamente correcto pero socialmente paralizante. Plantea que aquel que está indefenso no tiene el derecho, el tupé diría, de afectar al “que trabaja”, aquel que va al trabajo en auto. Algo así como “vos no podés molestarme a mí”. Es una situación complicada. Y como ante situaciones complicadas todos eligen el lugar desde donde hablar este escriba se pone del lado del indefenso, del lado del trabajador, del lado del que no tiene nada. Si los demás eligen mostrar una protesta como un acto vandálico yo estoy del otro lado.
A la hora de presentarse, el discurso paralizante se muestra comprensivo, conciliador, buenito a lo Cynthia Hotton. El discurso paralizante plantea que es lícito que las personas protesten pero que deberían buscarse otros métodos para no afectar a los que circulan. Punto aparte, eso es reconocer, indirectamente, no de manera explícita, que hay una parte que está atascada. Continuemos.
Esa lógica plantea que los conflictos sociales y laborales deben solucionarse mediante formas más civilizadas y conciliatorias como la entrega de petitorios, reuniones similares a paritarias pero no tanto, invocando al consenso entre las partes, cuando no la visita del empleado al patrón cual Rogelio Roldán. Hermoso si esto fuera real, si los petitorios no se encajonaran, si las reuniones tuviesen seriedad y la patronal fuese comprensiva. Pero ya todos sabemos que esto no es así y si por la patronal fuera todos seríamos Rogelio Roldán.
De acuerdo a esta posición aparentemente correcta desde el punto de vista político es necesario evitar los conflictos. Por consecuencia si no hay conflicto hay orden y si hay orden hay paz. Y todos contentos. El problema es que así no quedan todos contentos porque una realidad sin conflictos es funcional a ciertos intereses, siempre ligados al establishment económico, sea donde este esté y el sector al que pertenezca. Los revoltosos no son los que tienen plata, son los que no la tienen o son explotados, los que no tienen laburo o no les alcanza para comer. Y cuando a la gente no le alcanza para comer no entiende razones.
Esta visión niega la conflictividad de la política y de las relaciones sociales, plantea una praxis política inocua, aséptica, con olor a farmacia o a hospital. Desde esta posición los crispados son siempre los otros. Negar la conflictividad de los procesos políticos es querer esconder la realidad. Si la ideología no es otra cosa que una manera de ver el mundo, si la política es una lucha de intereses, siempre va a haber conflictividad. Lucha de clases dijo una vez un sociólogo. Y es lógico que así sea. Si no le puedo dar de comer a mis hijos sabés lo crispado que me pongo ¿no?
Es que es muy fácil predicar la paz con el bolsillo lleno. Eso es lo que enoja, lo que subvierte. A primera vista puede decirse que una persona así, que podríamos calificar de amarga, es un inútil político, un ingenuo. Pero lejos están de ser ingenuos. Dicen lo que dicen convencidos de lo que dicen, seguros de decirlo, y no es casual. Que digan lo que digan es parte de un diseño, de una estrategia, potenciados por su excepcional y simbiótica difusión en los medios de comunicación. Cuando ese discurso está internalizado el sujeto que lo repite ya está interpretado y estalla en insultos en cámaras frente a aquellos que protestan por mejorar su situación. No hay mejor chivo expiatorio que dos pobres peleándose.
La política en tanto conflicto de intereses es la expresión del dinamismo social, está sujeta a esas tensiones, es imposible evitarlas. Si tomo una medida que beneficia a un sector y afecta a otro van a existir tensiones. Si se trata de evitarlas la cosa se convierte en una olla a presión. Los conflictos no se tapan, a lo sumo se postergan. Pero siempre es peor si se deja correr el tiempo. Algunos llaman gobernabilidad a esa aparente calma pero gobernabilidad dista mucho de ser lo que esos gurúes dicen que es. Gobernabilidad es la capacidad de un gobierno de dar respuesta en el menor tiempo posible a las demandas sociales. Si se las ignora tarde o temprano te llega un 19 y 20 de diciembre como el del 2001.
El tema es que aquellos que plantean el consenso sin conflicto, la política de quirófano, ocupan lugares electivos, son funcionarios, y piden el voto de esa masa de gente que “ya no aguanta más”. Foguean día y noche. Aburren. Cansan. Pero son insistentes. El tema es que te piden el voto para ser gobierno y a la hora de gobernar, disculpame que te lo diga, no van a gobernar para vos sino para los que quieren orden, paz, calma disciplinadora. No van a gobernar para vos. Van a gobernar para ellos. Olvidate. Avivame. Avivate.